12.21.2011

Budhoo el arrepentido

Davidson Budhoo era nativo del Estado insular caribeño de Granada y había estudiado economía en la London School of Economics. Su aspecto destacaba por su estilo personal, se había dejado crecer el pelo en linea recta y sin alisar (al más puro estilo Albert Einstein) y prefería vestir cazadora a enfundarse en el consabido traje oscuro de raya diplomática. Llevaba 12 años trabajando en el FMI, donde se había encargado a diseñar programas de ajuste estructural para África, América Latina y su propia área de origen, el Caribe. Tras el brusco giro hacia la derecha que tomó la organización durante la era Reagan/Thacher, Budhoo, un hombre de pensamiento independiente, empezó a sentirse cada vez más incómodo en su lugar de trabajo. El Fondo estaba repleto de devotos de la Escuela de Chicago liderados por el acérrimo neoliberal Michael Camdessus. Cuando Budhoo dejó la organización en 1988, decidió dedicarse a exponer públicamente los secretos de su anterior lugar de trabajo. Empezó escribiendo una admirable carta abierta a Camdessus en la que adoptaba el mismo tono j'accuse que las cartas de André Gunder Frank a Friedman de una década antes.

Mostrando un entusiasmo por el lenguaje desacostumbrado entre los economistas senior del Fondo, Budhoo inició su carta así: "Hoy he dimitido como miembro del personal del Fondo Monetario Internacional tras más de doce años, y tras mil días de labores oficiales del Fondo sobre el terreno pregonando su medicina y su saco de trucos y ardides a gobiernos y pueblos de América Latina, el Caribe y África. Para mí, esta dimisión es una liberación inestimable, porque con ella he dado el primer gran paso hacia ese lugar en el que algún día espero poder lavarme las manos de lo que, en mi opinión, es la sangre de millones de personas pobres y hambrientas. [...] La sangre es tanta, sabe usted, que fluye en ríos. También se reseca y se endurece sobre toda mi piel; a veces, tengo la sensación de que no hay suficiente jabón en el mundo que me pueda limpiar de las cosas que hice en su nombre".

A partir de ahí, Budhoo exponía su argumento y acusaba al Fondo de emplear las estadísticas como armas "letales". Proporcionaba datos exhaustivos de cómo, siendo él un empleado del Fondo a mediados de los años ochenta, había participado en lo que se podía considerar como "negligencia estadística" para exagerar las cifras recogidas en los informes del FMI sobre Trinidad y Tobago, un país de gran riqueza petrolífera, con el único fin de dar la apariencia de que su economía era mucho menos estable de lo que en realidad era. Budhoo señalaba que el FMI había aumentado (hasta más del doble) la magnitud de una estadística fundamental que medía los costes laborales en el país para que éste pareciera tener un nivel de productividad pésimo, aun cuando, según decía, el Fondo disponía de la información correcta. También aseguraba que, en otro caso, el Fondo "se inventó literalmente de la nada" unas supuestas (y cuantiosas) deudas pendientes del Estado caribeño.

Estas "flagrantes irregularidades", que según Budhoo fueron deliberadas y no el resultado de unso simples "cálculos descuidados", dieron en clasificar el riesgo de Trinidad y Tobago como inaceptable y cortaron la financiación que recibía el país. Los problemas económicos -desencadenados por la caída de los precios del petróleo- no tardaron en transformarse en calamitosos y tuvieron que pedir ayuda al FMI. El Fondo exigió entonces que aceptara lo que Budhoo describió como "la más mortal de las medicinas": despidos masivos, rebaja de salarios y "la gama completa" de políticas de ajuste estructural. Él calificaba el proceso de "bloqueo deliberado (recurriendo a subterfugios) de una línea vital de suministro económico para el país" con el fin de conseguir "la destrucción económica de Trinidad y Tobago, en primer lugar y su conversión posterior".

En su carta, Budhoo, que falleció en 2001, ponía de manifiesto que su denuncia no se limitaba únicamente al trato dispensado por unos cuantos funcionarios de la organización a un país en concreto. Para él el programa de ajuste estructural del FMI era, en su conjunto, una forma de tortura de masas en la que "gobiernos y pueblos que gritan de dolor se ven obligados a ponerse de rodillas ante nosotros, rotos, aterrorizados y en pleno proceso de desintegración, rogando por que les mostremos un ápice de decencia y de actitud razonable. Pero, en vez de eso, nos reímos cruelmente en su cara y la tortura continúa, sin que remita en lo más mínimo".

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