CARTA
Cariño, por favor, mándame el bloc de notas que dejé en la mesita. Si no está,
mira debajo. O debajo de la cama. Está
por ahí. Si no es un bloc,
unas líneas garabateadas en trozos
de papel. Pero seguro que están por ahí. Tiene que ver
con lo que nos contó una vez nuestra amiga la doctora Ruth
sobre aquella anciana de ochenta y pico años,
«sucia y endurecida por la mugre», son sus palabras, tan poco
preocupada por sí misma que la ropa se le había pegado
al cuerpo y tuvieron que arrancársela
en la sala de urgencias. «Estoy tan
avergonzada. Lo siento», decía sin parar. El olor
de la ropa irritó los ojos de Ruth. Las uñas de la anciana
habían crecido tanto que ya se curvaban
hacia los dedos. Le costaba respirar, sus ojos
solo expresaban miedo. Pero, así y todo, fue capaz
de contarle a Ruth su historia. Había debutado
en la Madison Avenue, pero su padre la repudió
cuando bailó en París en el Folies Bergère.
Ruth y los que estaban de guardia en urgencias creyeron que deliraba pero les dijo cómo se llamaba su hijo, al que no trataba,
que era gay y que regentaba un bar gay en la ciudad. Y él lo confirmó
todo. Todo lo que había dicho la anciana era verdad. Luego sufrió un ataque al corazón y se murió en los brazos de Ruth.
Pero quisiera ver qué más anoté de lo que nos contó
Quiero ver si es posible recrear esa época de hace sesenta años en la que aquella joven desembarcaba en Le Havre, hermosa, decidida, dispuesta a triunfar
en el escenario del Folies Bergère, capaz
de echar la cabeza hacia atrás y de saltar a la vez, llevar plumas
y medias de malla, y bailar y bailar, los brazos entrelazados con los de las otras jóvenes del Folies Bergère, levantando la pierna en el Folies Bergère. Puede
que sea un bloc de tapas azules, el que
me regalaste a la vuelta de Brasil. Puedo ver
mi letra junto al nombre del caballo ganador en el hipódromo que había junto al hotel: Lord Byron. Pero me importa esa mujer,
no la suciedad, eso no me importa, ni siquiera cuando pesaba casi 150 kilos.
A la memoria no le importa dónde habita y se burla del cuerpo. <<Una vez aprendí algo sobre la identidad», dijo Ruth,
recordando sus años de prácticas. «Todos nosotros, jóvenes estudiantes de medicina,
boquiabiertos ante las manos de un cadáver. Ahí es
donde la humanidad
pervive más tiempo, en las manos.» Las manos de esa mujer.
Anoté
algo en ese momento, como si la estuviera viendo con las manos pegadas
a las esbeltas caderas, las mismas manos
que Ruth tuvo entre las suyas y no olvida.
Cómo quedarán mis manos - Estela Figueroa
¿Cómo quedarán mis manos
cuando muera?
¿En qué gesto inmóvil
como si un silencioso pintor
las hubiera acomodado?
¿Tratando de agarrar la taza de té frío
o la flor que un amigo piadoso traería
para endulzar la convalecencia?
O simplemente una a cada lado de mi cuerpo
hermanas como han sido
siempre
de mi vida
—poco propicias a la caricia
poco propicias al golpe
siempre distantes de mis emociones...—
Compatriotas,
júzguenlas con benevolencia.
Déjenlas como queden
no las fuercen al gesto del perdón.
Piensen que fueron las manos de una niña
que ya murió,
de una muchacha tímida
que murió también.
Y si quedaran crispadas:
piensen que su vida
—como la de ninguno de ustedes—
fue fácil.
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